Las inseguridades y desaciertos de cada día nos abruman, nos quitan la paz y lo más doloroso nos quita la fe. La fe es como un músculo que necesita ejercitarse a diario; por supuesto que necesita descansar, en este caso, necesitamos descansar en el Señor, abrazarnos a sus planes y dejarnos llevar por su amor y por su misericordia. Tengo un testimonio de vida que aún sigo batallando; al principio, me daba vergüenza conmigo misma pensármelo, llorar y arrepentirme después de tropezar una y otra vez con la adicción; no me hacía sentir mejor, pero Dios, maravilloso como padre amoroso, me mira y me dice: Levántate y pelea, no desfallezcas, confía que estoy a tu lado, no dejes de intentarlo. En Mateo 18:21 al 22, Pedro se le acercó a Jesús y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? Y le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. ¡Qué maravilloso es Dios Todopoderoso! Imagínate cuántas veces Él perdona, todas tus faltas, pero no quiere decir que por esa razón no pondré de mi parte y lucharé la batalla. Dios es un Dios de amor; no debemos tentar nuestra condición de hijos e hijas. El arrepentimiento de corazón es valioso ante sus ojos, pero Él desea tenernos en su presencia, que venzamos al mal y ganemos el cielo.